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ATTACK
on AMERICA

El gran juego:

Eventos actuales reflejan la descripción de Kipling de hace un siglo sobre el enfrentamiento para obtener el control de Afganistán

11/01/01

Por JEROME WEEKS / The Dallas Morning News

DALLAS - Existe una novela acerca de actividades violentas encubiertas y levantamientos nativos en las montañas de Afganistán y la India, una historia acerca de espionaje e intervención militar de Occidente.

La historia se llama Kim y fue escrita por Rudyard Kipling hace un siglo.

Ahora que los Estados Unidos cambian de los misiles crucero y ataques con bombarderos en Afganistán a las acciones militares terrestres, la novela de Kipling – así como también su cuento corto de 1999, “El Hombre Que Sería Rey” – nos aleccionan lecciones sobre los riesgos que ahora enfrenta el país y hasta lecciones sobre las pesadillas de formar una nación.

En Afganistán, las fuerzas armadas norteamericanas seguirán las huellas de los soldados victorianos que usaban cascos de médula y portaban sables, soldados que ayudaron al Imperio Británico a mantener el dominio sobre una región más grande que cualquier poder imperial. Ellos, más o menos, lo hicieron de 1839 a 1921 – pero a costo de tres guerras, innumerables escaramuzas y uno de los desastres más mortíferos de la historia militar Británica, la masacre de más de 12 000 personas en el cuartel militar de Kabul en 1841.

Cuando se considera la historia de afgana, no es difícil sorprenderse de la reiteración de eventos anteriores – ya que los mismos sucesos se siguen presentando.

En 1996, cuando el victorioso Talibán entró a Kabul, ellos asesinaron al Presidente Mohammad Najibullah, que era respaldado por los Rusos y quien se había estado ocultando durante cuatro años, y exhibieron su cadáver golpeado. Ciento cincuenta años antes, los Afganos, enojados por la intervención Británica, le hicieron lo mismo y en la misma ciudad a Sir William McNaghten, el chapucero enviado Británico.

Haciendo a un lado la violencia, los incidentes son una muestre de lo que el periodista-historiador Karl Meyer denomina “continuidad extraordinaria” – los mismos factores y hasta las mismas tribus, aún operan como en la época de Kipling.

En su mayor parte intacto por la tecnología de Occidente o las redes sociales (a los afganos nunca les dieron el ferrocarril, telégrafo, servicios civiles y sistemas legales que los Británicos construyeron en la India), gran parte de Afganistán aún sigue siendo una “sociedad fósil”, dice Meyer, coautor del Torneo de las Sombras: El Gran Juego y la Disputa por el Imperio de Asia Central.

Es precisamente en esta pequeña, rural y altamente tradicional sociedad guerrera donde al-Qaeda ha encontrado refugio.

De hecho, en su libro, Por Una Canción Pagana, el autor Británico Jon Bealby sigue la jornada ficticia que realizaron los dos mercenarios de Kipling en “El Hombre Que Sería Rey”. Estos dos picaros, actuados por Sean Connery y Michael Cain en el film de John Houston de 1975, planean robarles un reino a los pendencieros afganos en las prohibidas montañas del Kush Hindú (literalmente, “Asesino Hindú”). Ellos pensaron que su preparación militar les daría la ventaja para unificar a las tribus.

Y en 1998, habiendo visto a estas mismas tribus en acción, el Sr. Bealby concluyó que si los aventureros de Kipling “volvieran a caer de los cielos una vez más, cien años más tarde, la tarea de enfrentarse a ellos sería exactamente la misma”.

Esto se debe a que “Afganistán son los Balcanes de Asía Central”, dice Andrew Hess, profesor de diplomacia de la Escuela Fletcher de Leyes y Diplomacia de la Universidad Tufts de Massachusetts.

Regiones montañosas que desde hace mucho tiempo han sido encrucijadas estratégicas de imperios mayores – regiones tales como los Balcanes, los Caucasos (Chechenia, Azerbaiján) o el Kush Hindú (Afganistán, Pakistán) – se han inflamado repetidamente hasta llegar a la guerra salvaje. A pesar de (y hasta debido a) las incursiones modernas, estas siguen siendo inherentemente inestables y difíciles de controlar. Además de su perdurable odio étnico o religioso, estas regiones están extremadamente aisladas, separadas por inquietantes montañas y pobladas por guerreros. Y durante generaciones, las potencias extranjeras los han llevado a la fuerza en diferentes direcciones.

En el Siglo XIX, las potencias extranjeras que competían por Afganistán eran la Rusia Zarista y el Imperio Británico y su enfrentamiento, en ocasiones sangriento y en ocasiones secreto, fue conocido como “el Gran Juego”. Básicamente, Rusia buscaba expandirse hasta el Golfo Pérsico, mientras que los Británicos temían que tales movimientos fueran el preludio del derrocamiento del Imperio Otomán del Medio Este o robarles su tesoro, la India. Y por lo cual se escenificó la Guerra de Crimea, la Guerra Ruso-Turca, tres guerras afganas y hubo numerosas insurrecciones en el área.

Contribución de Kipling

Fue Kim quien popularizó el término “El Gran Juego” y Kipling sigue siendo nuestro jefe cronista literario de la experiencia de los soldados de infantería británicos en esto. Kipling de echo entró a Afganistán una sola vez – en 1885. Nacido en Bombay pero educado en Inglaterra, él había regresado a la India tres años antes como periodista – el inicio de una carrera que lo llevaría, en 1970, a ser el primer escritor Británico en obtener el Premio Nobel de Literatura. Como reportero visitó el famoso Paso Khyber cerca de la frontera Afgano-Pakistaní y ahí recibió un disparo, él dijo, de un hombre de la tribu Pathan (ahora denominada Pashtun).

Aún así, en total, Kipling pasó 13 años en la India (los cuales, bajo el raj o gobierno Británico, también incluía a Pakistán y partes de Afganistán). Esto se convirtió en la experiencia central de su trabajo. De hecho, este escritor colonial que esencialmente era extranjero tanto en la India como en la Gran Bretaña se volvió inmensamente popular que hasta George Orwell lo apodó desdeñosamente como “el profeta del Imperialismo Británico”.

Kipling belicosamente se identificó con los intereses militares Británicos (y por ende, con los blancos intereses de Occidente). Después de todo, fue Kipling quien ignominiosamente les aconsejó a los EE.UU. que “tomaran la Carga del Hombre Blanco” – en un poema de 1903 urgiéndonos a que conquistáramos las Filipinas.

Pero si la estima de Kipling se elevó con el imperio, esta también se hundió con éste. Conforme los sentimientos populares se volvieron contra de esfuerzos coloniales tales como la Guerra Boer de 1899-1902, sus críticos cada vez más lo castigaron por su anticuada arte así como también por el patriotismo y racismo expresado en párrafos como, “Ustedes, gente nueva atrapada y hosca/Mitad diablo y mitad niño”.

Él fue seguramente desinfectado como el autor infantil del Libro de la Jungla. Aún así, Kim sigue siendo demasiado popular. Este vende más de 1 000 copias a la semana en Inglés y hasta un recalcitrante antiimperialista como el académico Edward Said, autor del Orientalismo, ha admirado y editado la novela.

Obviamente, hay profundas diferencias entre las situaciones que enfrentan los soldados de Kipling y el ejército norteamericano. Para empezar, el objetivo principal entonces era contener a Rusia. Hoy, Rusia es un aliado, tan temerosa de que el terrorismo sea exportado hacia su país como lo está Norteamérica.

“El Gran Juego eventualmente evolucionó hasta la Guerra Fría”, dice Beatrice Manz, profesora asociada de historia del Medio Este en la Universidad Tufts. El objetivo en Asia Central fue el mismo en ambos casos – contener a Rusia. En la Guerra Fría, sin embargo, fueron los Estados Unidos los que “protegieron los antiguos intereses Británicos”.

Pero conforme disminuyeron las rivalidades del Gran Juego a principios del Siglo XX, dice el Dr. Hess, Rusia y la Gran Bretaña “adoptaron la política de usar a Afganistán como un estado amortiguador. Ellos lo aislaron estando entre ambos países”.

De aquí lo de “sociedad fósil” de Afganistán – aumentado por una serie de líderes sospechosos de cualquier ayuda externa. Esta es una de las razones de la continua relevancia de los escritos de Kipling 100 más tarde. Para bien o para mal, antes de Osama bin Laden y el 11 de septiembre, Kipling, más que cualquier otro, le dio forma a las idas que tiene Occidente sobre Afganistán.

Al hacerlo, dice Ronald Cluett, profesor de clásicos e historia del Colegio de Pomona, California, “él nos hizo un pésimo favor por la manera en que le dio un carácter romántico a esta región”. Él estaba recordando su propia era, escribiendo nostálgicamente acerca de eso. Por lo que le dio a Afganistán una imagen escolar aventurera que es totalmente inexacta.

“Por otra parte”, dice el Dr. Cluett, “Kipling también estableció cómo eran las acciones centrales encubiertas y el espionaje en este mundo. El Presidente Bush ha dicho explícitamente que parte de esta guerra será realizada en secreto y Kipling fue pionero” de la literatura sobre el espionaje.

Al ser una historia de un chiquillo mestizo callejero que hace migas con un monje tibetano mientras ayudaba a una red de contraespionaje, Kim está basada en los verdaderos esfuerzos de inteligencia Británicos – esfuerzos que fueron diseñados para prevenir las revueltas de los nativos (tales como el Gran Motín de 1857) o detener las incursiones Rusas a la India.

Pero más allá de la aventura superficial de la novela, aduce Meyer, Kipling no puede evitar describir la rica complejidad que representan Asia Central y la India. Con sus personajes Hindúes, Musulmanes y Budistas, Kim es la “celebración de una sociedad multiétnica”, dice Meyer.

“Lo que Kipling nos enseña”, dice Meyer, es que “nosotros nos equivocamos si subestimamos a los afganos. Uno se debe acercar a la gente de diferencias profundas con un grado de modestia. Y sin importar sus demás pecados políticos, Kipling no ve al Imperio como una excusa simplemente para explotar” al pueblo afgano.

Efectivamente, “El Hombre Que Sería Rey” puede tomarse como una predicción sobre la desaparición del Imperio Británico – o lo que Meyer denomina un aviso clarividente acerca de la explotación colonial y hasta sobre la formación de la nación.

Sus dos aventureros, Peachey y Danny, tienen éxito enseñándoles a los afganos tácticas militares y en dirigirlos en la batalla. Ellos obtienen una recompensa real de joyas. Pero cuando Peachey piensa que ya es tiempo de abandonar el pueblo con su botín, Danny opta por quedarse. Su sueño es casarse y establecer una dinastía benevolente, para modernizar al país con hospitales, escuelas y un ejército de “¡Doscientos cincuenta mil hombres, listos para atacar el flanco derecho de Rusia cuando ésta trate de invadir a la India!”

Los afganos no obtendrán eso. Por su arrogancia, Danny es asesinado y Peachy apenas y escapa con vida.

En otras palabras, imponerle una solución política a la gente, particularmente a esa gente, no funcionará, sin importar lo iluminada que parezca ser la solución.

Los peligros de formar una nación

“Hay un límite en lo que se puede hacer”, dice la Dra. Manz. “Si sólo buscamos una solución militar en Afganistán, fracasaremos. Si tratamos, como en Irán, de encontrar un hombre fuerte, ponerlo en el poder y trabajar a través de su policía secreta, también fallaremos. Uno no puede dominar a los afganos de esa manera”.

Empero, Norteamérica tampoco puede abandonar el país nada porque sí. Durante su campaña electoral, George W. Bush criticó los esfuerzos del Presidente Bill Clinton para formar una nación en Somalia y Haití. Pero en semanas recientes, su administración ha admitido que puede tener que ayudar a organizar un gobierno afgano posterior al Talibán – en alguna parte y de alguna forma – a partir de los grupos étnicos que están en lucha, incluyendo a los gobernantes Pashtuns, los Uzbecos y los Tajiks, que integran la mayoría de la Alianza del Norte.

“Nosotros no podemos únicamente lavarnos las manos”, dice la Dra. Manz, “debido a que ya lo hicimos antes (cuando la Unión Soviética se retiró de Afganistán en 1989). Y vean a lo que nos condujo. Cualquier lugar tan desesperadamente pobre, que ya no tiene absolutamente nada de infraestructura, será una amenaza para todos en la región y eso la desestabilizará.

“Tenemos que reconocer, basados en la moral, que por nuestros propios esfuerzos, nosotros hemos colaborado a crear este problema”.

En su ensayo de 1942 sobre Kipling, Orwell empieza declarando que Kipling es un imperialista, “moralmente insensible y estéticamente repugnante”. Él sencillamente nunca comprendió, aduce Orwell, que el Imperio Británico era una máquina económica dedicada a explotar colonias.

Pero lo que tenía Kipling que no tenían los demás escritores Británicos, ni siquiera sus críticos liberales, escribe Orwell, era un “sentido de la responsabilidad”. Él tenía el sentido de la responsabilidad de la persona a cargo que “siempre enfrenta la pregunta, “¿En tales circunstancias, qué haría Ud.?”

(c) The Dallas Morning News


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